
Después de la muerte de Jesús, llevé a María, su madre, a casa. Estábamos en el cenáculo, el lugar donde habíamos celebrado la cena pascual con Jesús. Con nosotros estaban también otras mujeres como María Magdalena. Ellas procuraban consolar a María que, a pesar del gran sufrimiento, mostraba la misma paz que Jesús había tenido en la cruz. "Hágase la voluntad de Dios", era la oración constante de María.
Cuando llegamos al cenáculo, estaban varios discípulos de Jesús. Algunos se refugiaban en nuestros cantos. Otros, se consolaban mutuamente. Las mujeres habían hecho algo para comer. Pero nadie tenía hambre. En cierto momento, Santiago rompió el silencio:
- ¿Cómo no lo comprendí?
- ¿No comprendiste el qué?, pregunté.
- No comprendí por qué Jesús nos llamó para rezar con Él.
- Él tenía un gran sufrimiento, dijo Pedro. Recordé lo que Jesús rogaba al Padre.
- ¿Comprendías lo que decía?, interrogó Mateo.
- Dos cosas, explicó Pedro; Padre si es posible aparta de mi voluntad sino la tuya.
- ¡La voluntad del Padre!, exclamó Santiago.
- ¿Entonces, la voluntad del Padre era que Jesús muriese en la cruz?, ¿es ése el Padre de bondad de quien Jesús nos habló?
- ¡Nosotros fuimos unos cobardes!, gritó Mateo. ¡Nadie fue capaz de defenderlo!
- Jesús estaba muy sereno cuando dio el último suspiro, dije yo.
- Todo lo que aprendimos con el Maestro, afirmó Mateo, no puede caer por tierra, ni desaparecer. Ahora nos toca a nosotros continuar su obra.
- ¿Pero cómo?, preguntó Santiago. Quien mató a Jesús va a buscarnos. Vamos a morir todos como Él. ¡Así acabará esta hermosa aventura! Hubiera sido mejor haberme quedado a pescar con mi padre.